Hola.
Un brindis por todos ustedes, los lectores. Sí, sois el verdadero regalo de los escritores: quienes dan sentido a cada palabra, a cada página escrita en soledad.
Y un brindis también por la vida, con sus luces y sus sombras, por todo lo que nos hiere y nos transforma.
¡Lejaim! 🥂
Bienvenidos a mi "breve" historia de como todo comenzó...
Nací en un pueblecito escondido entre montañas verdes y nieblas suaves, en un rincón del norte de España llamado Sama de Langreo, en Asturias. Aunque, en realidad, debería haber nacido en Gijón, donde vivíamos. Gijón esta a más de treinta kilómetros de Sama, pero en aquellos tiempos esa distancia parecía un mundo: carreteras secundarias, curvas interminables, baches que hacían temblar los huesos.
Mi madre, obstinada y valiente, decidió visitar a mi abuela cuando ya estaba muy avanzada en el embarazo. Y si no le hubieran impedido regresar a casa aquel día, probablemente yo habría nacido en un autobús,😄 entre traqueteos y sobresaltos. A veces pienso que ese comienzo accidentado ya marcaba el ritmo de mi vida: movimiento, cambio, viaje.
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Yo tenía tres años cuando cruzamos el océano rumbo a Brasil, a bordo del entonces célebre buque de pasajeros e inmigración Alberto Dodero. No conservo recuerdos nítidos de aquella travesía, pero sí la sensación de que algo importante estaba sucediendo.
En las semanas previas a nuestra partida, la casa parecía respirar de manera distinta. Había maletas abiertas en los rincones, ropa doblada con cuidado, preparativos interminables y conversaciones susurradas que yo no terminaba de comprender. Percibía, sin embargo, la tensión en el aire —esa mezcla de nervios y urgencia que anunciaba un cambio irreversible. Para una niña tan pequeña, el mundo entero se sentía, de pronto, inestable.
Hacía semanas que no veía a mi padre y lo añoraba con un dolor profundo, de esos que solo pueden habitar en el corazón de un niño. Él había partido antes que nosotros para abrir camino, encontrar trabajo y preparar el terreno de nuestra nueva vida —como tantos inmigrantes hacían entonces. Su ausencia no era un silencio cualquiera; era un hueco concreto en mi mundo. Durante aquel tiempo, mi sensibilidad se agudizó aún más, porque lo extrañaba con una intensidad que apenas sabía nombrar. Me sentía sola —casi abandonada— aun estando junto a mi madre y a mi hermano. No era una soledad física, sino la nostalgia callada de un abrazo que faltaba.
Siempre fui una niña sensible; el mar me mareaba con facilidad y aquella larga travesía se convirtió en una prueba. Me encontraba suspendida entre el balanceo inquieto de las olas y el peso de mi propio anhelo, intentando comprender un cambio que aún no alcanzaba a entender, pero que ya estaba transformando mi vida.
Cuando por fin llegamos a Santos, el puerto de São Paulo, lo vi desde la cubierta, allá abajo, esperándonos. Y para mi infinita alegría… ¡fue como ver a Dios!
Vivimos tres años en São Paulo. Años que, sin que yo lo supiera, sembraron en mí la primera semilla de las palabras.
En Sao Paolo, en la Plaza Ramos de Açevedo
En una excursión a Nossa Senhora Apareçida, entonces aún en construcción (alla por 1963).
Aquí estamos toda la familia, en nuestros últimos días en São Paulo, Brasil.
Es una de las pocas fotografías en las que aparece mi padre. Casi nunca salía en las fotos; solía estar al otro lado de la cámara, cuidando y guardando nuestros recuerdos. Esta vez la tomó un amigo… también español.
Fue allí, en Brasil, donde mi padre me compró mi primer libro. Yo tendría unos cuatro años. Era un abecedario en portugués brasileño, lleno de animales exóticos que para mí eran casi criaturas mágicas. Recuerdo la A de Anaconda, la O de Onça (pantera o jaguar), la T de Tapir… nombres que sonaban como canciones extrañas y fascinantes. Aquel libro fue mi tesoro. Mi padre me enseñaba las letras señalándolas con paciencia infinita, como si me estuviera revelando un secreto antiguo.
Después llegó otro libro, pequeño y entrañable: Onde está o patinho? Ese lo conservo aún, como se guarda una reliquia. Con él aprendí a unir letras, a formar palabras, a descubrir que dentro de aquellos signos negros sobre el papel había mundos enteros. Mi primer idioma leído fue el portugués. Y aunque no lo escriba bien, lo entiendo, lo leo y me hago entender. Lo chapurréo, como se suele decir. Permanece en mí como una melodía de infancia.
Mi reliquia del pasado... mis primeros pasos...
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Con apenas seis años recién cumplidos, volvimos a hacer las maletas. Esta vez el destino era Sudáfrica.
Eran tiempos de emigración, de promesas susurradas en voz baja, de empezar de nuevo sin mapa ni certezas, solo con esperanza. Pero esta vez fuimos todos juntos… y el viaje, aunque largo, se me antojó más luminoso, más ligero.
En el puerto de Santos subimos al Tegelberg, un buque de bandera holandesa que nos llevaría hacia lo desconocido.
Durante el largo viaje... mi estómago volvió a recordarme que el mar y yo nunca fuimos grandes aliados. También me mareé. 😅
Escala en Río de Janeiro, camino de Sudáfrica. Un paseo por la playa de Copacabana que quedó inmortalizado en esta imagen.
A bordo del Tegelberg, buque holandés, mi madre y yo descansándo en una hamaca, suspendidas entre el mar y el futuro.
Mi hermano y yo, a bordo del Tegelberg.
Dos instantes capturados a nuestra llegada a Ciudad del Cabo, Sudáfrica.
Tras pasar unos días en Ciudad del Cabo, donde las autoridades de inmigración —y, supongo, también el Consulado de España— nos registraron oficialmente como nuevos inmigrantes en el país, nos trasladamos casi de inmediato a Johannesburgo.
Conservo un recuerdo difuso de aquel viaje en tren… en el famoso Pájaro Azul. Viajábamos en nuestro propio coche cama, y todo me parecía sacado de una película. El traqueteo suave sobre los raíles, los pasillos estrechos, la intimidad de aquel pequeño compartimento… Era como vivir una escena de cine, suspendidos entre un pasado que dejábamos atrás y un futuro que aún no conocíamos.
Fue en Johannesburgo donde mi padre encontró su primer trabajo en Sudáfrica, trabajando para un italiano que, con el tiempo, acabaría siendo mucho más que un jefe. Se convirtió en un amigo fiel —casi en un ángel protector para nuestra familia—, alguien cuya presencia marcó profundamente nuestros primeros pasos en aquel país.
Gracias a él, mis padres pudieron matricularnos, a mi hermano y a mí, en la escuela. Apenas acabábamos de llegar, entrando en un mundo completamente distinto, con otro idioma y un sistema educativo que nos era ajeno. Todo resultaba inmenso y desconcertante; la barrera lingüística convertía incluso los gestos más cotidianos en desafíos silenciosos.
En aquellos primeros compases de nuestra nueva vida, su ayuda fue mucho más que un apoyo práctico: fue un acto de generosidad que nos sostuvo cuando más lo necesitábamos. Nos orientó con paciencia, tradujo cuando fue necesario y abrió caminos que, de otro modo, habrían permanecido cerrados. Gracias a su bondad, pudimos comenzar desde cero, construyendo nuestro futuro paso a paso. Fue un gesto sencillo en apariencia, pero dejó una huella imborrable en nuestra historia.
Mi primera escuela fue en Orange Grove, Johannesburgo. Allí volví a empezar desde el principio: el abecedario, las sílabas, las primeras frases… pero esta vez en inglés.
El inglés no fue simplemente un idioma que aprendí; fue un idioma que viví. Se convirtió en parte de mi respiración cotidiana. Lo escuchaba en el patio del colegio, en las conversaciones de los pasillos, en las calles que comenzaban a resultarme familiares, y poco a poco se fue entretejiendo con mis juegos, con mis pensamientos y con mi manera de mirar el mundo. Sin darme cuenta, empezó a formar parte de mí.
En casa, sin embargo, el idioma que reinaba era el español. Allí sonaba la voz de mi origen, la música de mis raíces. Mi padre me enseñó a escribirlo con esmero, letra por letra, como quien cuida un tesoro que no debe perderse. Había en ello algo más que una lección: era una forma de preservar nuestra historia.
Y así crecí entre dos lenguas, habitando espacios distintos sin dejar ninguno atrás. Como alguien que vive en varias casas a la vez, aprendí a moverme entre sonidos, a cambiar de idioma con naturalidad, y a descubrir que, a veces, la identidad no pertenece a un solo lugar, sino al puente que une ambos mundos.
Aquel italiano generoso solía regalarnos cuentos y tebeos en su idioma. «Para los bambini», le decía a mi padre con una sonrisa amplia y musical. Y, casi sin darme cuenta, el italiano fue encontrando su propio rincón en mi memoria.
No lo escribo bien, ni lo hablo con soltura, es verdad. Lo chapurreo. Lo mezclo a veces con gestos y con esa intuición que dan los años. Pero me hago entender. Y lo más bonito es que lo entiendo. Lo leo, lo escucho y lo siento cercano, familiar… como un primo lejano que, aunque viva en otro país, siempre forma parte de la familia.
Algunos de los cuentos en italiano que aún conservo.
Mi padre también nos compraba cómics de Walt Disney en su edición italiana: Topolino.
Pero… si tuviera que decir cuál es mi lengua materna, tal vez respondería que el inglés, aunque no lo sea en sentido estricto. Es el idioma que estudié, el que soñé, el que “mamé”, como se dice vulgarmente. Es la lengua en la que me formé y con la que aprendí a mirar el mundo desde fuera de mí misma.
Sin embargo, mi identidad está hecha de capas superpuestas: español en el corazón del hogar; portugués en los primeros libros; italiano en aquellos cuentos regalados; inglés en el mundo exterior, en la disciplina, en la forma de pensar.
Y también mi personalidad se fue moldeando a la inglesa. Hay en mí algo profundamente anglosajón: en la reserva, en la puntualidad, en cierta manera de sentir sin exhibir. A veces, incluso, me siento más cercana a esa sobriedad inglesa que a la efusividad española.
Quizá llevo dentro un poco de ambos mundos. Los ingleses a veces me describen como demasiado “abierta” —o incluso “directa”—, mientras que los españoles pueden percibirme como algo reservada, casi inglesa en el carácter. Fría y distante… ¡quizá incluso un poco "estirada"! 😁
Así que, dependiendo de dónde me encuentre, aparentemente puedo resultar demasiado emotiva o demasiado contenida. Parece que he perfeccionado el arte de desconcertar por igual a ambos lados. 😁
Porque al final no somos de una sola lengua ni de un solo lugar. Somos el eco de todas las voces que nos habitaron.
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Mi infancia fue... sencilla y hasta monótona. Pero interiormente era un territorio fértil. Cada mudanza, cada idioma, cada libro que llegaba por Navidad o en mi cumpleaños fue construyendo algo silencioso dentro de mí. Mientras otras niñas celebraban las muñecas nuevas, yo me emocionaba más al descubrir una libreta en blanco, un lápiz afilado, un libro por estrenar.
Me gustaba copiar letras una y otra vez. Copiar cuentos enteros solo por el placer físico de escribir, de ver cómo la tinta daba forma a pensamientos que no siempre eran míos. Tal vez porque mi vida no tenía grandes sobresaltos, buscaba la aventura en el papel.
También me gustaba ilustrar lo que escribía. Muchos decían que había heredado de mi padre el talento para dibujar —lo hacia desde que era muy pequeña—. Y lo cierto es que lo disfrutaba… y todavía hoy lo sigo disfrutando. Aunque, en mi opinión, no soy nada comparada con mi padre. Él era un diseñador extraordinario. Tenía una habilidad casi natural: podía dibujar prácticamente cualquier cosa.
Nunca escribí un diario, aunque siempre me sedujo la idea. Quizá sentía que no tenía nada particularmente interesante que registrar... y, sin embargo, ... tal vez ya estuviera escribiendo algo más grande sin saberlo: la historia de una niña que aprendió que el mundo podía caber en un libro… y que las palabras podían ser hogar cuando todo lo demás cambiaba.
Con mis muñecas no jugaba “a las casitas”. Las sentaba a todas en fila, perfectamente alineadas, y les colocaba un papel y un lápiz delante, como si estuvieran en un aula. Yo dictaba… y ellas “escribían” 😁.
Y créanme… cometían muchísimos errores, así que no me quedaba más remedio que castigarlas. 😆
Parece que incluso entonces el destino me susurraba en silencio el camino que mi vida acabaría siguiendo. (Más adelante, me convertí en profesora de inglés.)
Aunque me gustaban las muñecas —y me siguen gustando, si soy sincera; aún conservo la mayoría… intactas, aunque con la ropa algo raída, eso sí 😊—, casi siempre me regalaban muñecas bebé, de esas que hay que acunar y dar de comer.
Nunca me regalaban Barbies, a pesar de que yo las pedía una y otra vez. Mamá compraba las que a ella le gustaban, las que nunca tuvo cuando era niña. Supongo que esa era la razón: aquellas muñecas bebé que podían abrazarse, vestirse y cuidar como si fueran hijas.
Pero a mí, a partir de los ocho o nueve años, me fascinaban las Barbies. Representaban algo distinto: mujeres jóvenes, independientes, elegantes, con un mundo propio por descubrir, porque parecían reales. No eran solo muñecas; eran promesas de futuro, pequeñas historias esperando ser escritas.
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Durante mi infancia cambiamos de residencia cinco o seis veces. Siempre de aquí para allá. Fui a cinco escuelas distintas: tres de primaria —aunque la primera, al llegar al país, fue solo durante unas semanas, mientras nos instalábamos— y dos de secundaria. Empezamos en Johannesburgo, luego nos trasladamos a Pretoria (allí nació mi hermano pequeño. ¡Ya éramos tres!), y más tarde volvimos de nuevo a Johannesburgo, donde terminamos antes de regresar a España.
Mi padre siempre buscaba el lugar que ofreciera mejores condiciones laborales y un salario más digno —aunque, como se dice vulgarmente, nunca “hicimos las Américas” ni nos hicimos ricos—. Y así fuimos desplazándonos de un sitio a otro, como quien va abriendo etapas sin tiempo para echar raíces.
Yo me acostumbré a no aferrarme demasiado a ningún sitio ni a encariñarme en exceso con los nuevos amigos. Además, como era —y sigo siendo— introvertida, apenas hacía amistades. En fin, así transcurrió mi vida escolar: en movimiento constante.
Mi primera foto de colegio. Mi segunda escuela primaria —que casi podría considerar la primera, ya que la anterior apenas duró unas semanas—: Observatory Girls Primary School. Recuerdo que estaba tan cerca de casa que, al salir por el portal, ya casi estaba en el colegio. Apenas unos pasos nos separaban. A mi hermano le quedaba un poco más lejos… pero tampoco demasiado. Qué sensación tan especial la de aquellos primeros días, entre timidez, curiosidad y el comienzo de una nueva etapa.
Dos momentos en una de nuestras primeras Navidades en Sudáfrica, 1967 o 1968: el antes y el después de abrir los regalos.
Ya en el instituto, teníamos que elegir un idioma extranjero como asignatura obligatoria: alemán o francés. Yo elegí francés —otro idioma que se sumaba a mi pequeña colección 😁. Llegué a él algo más tarde, ya en plena adolescencia, y lo fui aprendiendo poco a poco, paso a paso, palabra a palabra. No puedo decir que lo domine por completo, pero sí puedo leerlo, entenderlo —sobre todo si se habla despacio— y hacerme entender. En resumen, me defiendo… 😁
¡Vive la France!
Y no olvidemos que, aunque el colegio era inglés, también teníamos un segundo idioma absolutamente obligatorio —no había escapatoria posible—: el afrikáans, por supuesto. Mientras estuve en el colegio lo manejaba con bastante naturalidad, aunque en realidad solo lo utilizaba dentro del aula, en la clase de afrikáans, ya que fuera de allí no había necesidad de hablarlo.
Ya en la vida cotidiana, en el mundo real, apenas volví a usarlo y, poco a poco, gran parte del idioma se fue desvaneciendo. Aun así, su sonido sigue resultándome familiar al oído. Incluso hoy, a veces logro captar el sentido de lo que dicen e incluso arreglármelas para responder alguna frase.
En aquel entonces, debo confesarlo, no me gustaba demasiado… y, sin embargo, ahora descubro con cierta sorpresa que lo echo de menos.
Tal vez por eso, cuando alguien supone que soy políglota, suelo sonreír. En realidad, me considero sobre todo bilingüe. El inglés y el español son los idiomas que verdaderamente domino; los demás los manejo como mejor puedo. Pero siempre he sentido una fascinación especial por las lenguas. Hay algo profundamente hermoso en poder comunicarse con personas de distintas partes del mundo —sobre todo cuando puedes hacerlo en su propio idioma.
Mi primera escuela secundaria, a los 12 años: Hillview High School, Pretoria.
Mi última etapa en secundaria, en Johannesburg Girls High (Barnato Park), con 16 años. El último año antes de volver a España.
En Sudáfrica, el curso escolar comenzaba en enero y terminaba a principios de diciembre. Por eso iniciaba cada año con la edad recién cumplida y lo finalizaba justo antes de mi cumpleaños. Aquí terminé el colegio dos días antes de cumplir 17 años, en diciembre de 1975.
Los tres hermanos en Sudáfrica, alrededor de 1974 — un recuerdo entrañable de otros tiempos.
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Cuando cumplí catorce años, mi hermano mayor —que ya trabajaba— me regaló una Barbie con dos cambios de ropa. A pesar de que, en teoría, ya casi no estaba en edad de muñecas, aquella me llenó de una alegría inmensa. Aún la conservo… con apenas cuatro pelos en la cabeza 😊.
Esa muñeca me inspiraba como si fuera una chica de verdad. Yo quería darle vida, pero no sabía cómo. Pensé en convertirla en modelo y organizar una pasarela. Imaginaba desfiles, focos, vestidos distintos… pero ¿ella sola? Necesitaba compañeras, más modelos, más ropa, más historias. Soñé incluso con hacerle sesiones de fotos con distintos trajes, como en las revistas.
Pero aquello era, sencillamente, un sueño imposible. No tenía cámara de fotos —y revelar carretes era caro—. No tenía más Barbies ni más ropa. Tampoco recibía paga semanal o mensual; en mi casa nunca nos dieron dinero. Así que aquel pequeño universo creativo quedó suspendido en mi imaginación. Mi primer sueño frustrado.
Al año siguiente, mi hermano volvió a sorprenderme con otro regalo inesperado: un “Action Jackson”, uno de esos muñecos militares de acción, también con dos uniformes distintos. Era algo más pequeño que la Barbie, pero me hizo igual o incluso más ilusión. Siempre me han fascinado los uniformes, los héroes, las historias de guerra y valentía.
Aquel muñeco también me parecía absolutamente real. Quería inventarle misiones, escenas de acción, hazañas de coraje. Y, aunque era más bajito que la Barbie, perfectamente podría haber sido su novio. 😄 En mi cabeza ya tenía toda una trama preparada. Pero, una vez más, todo quedó en el territorio de la imaginación.
Ese muñeco también lo conservo. Hoy está algo destartalado y desmadejado, después de haber librado tantas batallas el pobre… aunque, para ser justos, ha sobrevivido a todas. No todos los héroes pueden decir lo mismo. 😂
Y así quedó mi ilusión adolescente: llena de historias que no sabía todavía cómo escribir de verdad.
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Me faltaban apenas seis meses para cumplir dieciocho años cuando mis padres decidieron regresar a España. Ya lo venían planeando desde hacía tiempo, porque Sudáfrica comenzaba a volverse cada vez más peligrosa debido a todo lo relacionado con el apartheid. Terminé la secundaria en diciembre de 1975 y, en enero de 1976, comencé a trabajar en la oficina de correos de Johannesburgo para hacer tiempo. ¡Mi primer empleo! Me sentía adulta, importante, independiente.
Pero duró poco: unos tres meses. Luego llegaron las maletas, los preparativos y las despedidas. Tenía que dejar atrás aquel país que había contribuido a formar mi identidad… aunque la idea de regresar no me ilusionaba demasiado. Las pocas veces que habíamos pasado vacaciones en España —solo dos— no despertaron en mí ninguna emoción especial.
Recuerdo claramente aquella primera visita. Mi padre tenía que trabajar y, además, los billetes de avión eran bastante caros en aquella época, así que solo viajamos a España mi madre, mi hermano mayor y yo, cuando yo tenía ocho años (mi hermano pequeño aún no había nacido), mientras mi padre se quedó atrás —podríamos decir que se quedó “guardando el fuerte”. 😊
La llegada a Madrid estuvo bien, pero en Asturias, en pleno invierno, todo me pareció oscuro y lluvioso. En mis ojos infantiles lo vi casi en blanco y negro. Incluso la ropa de la gente mayor, vestida de negro, reforzaba esa impresión. Me produjo una sensación de tristeza difícil de explicar.
La segunda vez que viajamos a España, lo hicimos como familia completa. Yo tenía quince años y mi hermano pequeño tres. Todo era distinto —ya era una adolescente, más observadora, más consciente de cómo funcionaba el mundo—, aunque la experiencia tampoco me resultó especialmente emocionante.
A pesar de estar rodeada de familiares y amigos de la familia —muchos de ellos apenas conocidos—, la cultura que encontraba allí, al menos en Asturias, me resultaba solo parcialmente familiar. La forma de hablar me era cercana, pero las costumbres me parecían extrañas, diferentes, incluso por momentos invasivas. Percibía una tendencia constante al cotilleo, a la intromisión en asuntos ajenos, y aquello chocaba de lleno con la discreción y el carácter más reservado al que yo estaba acostumbrada.
Y el lenguaje… ¡el lenguaje! A mis oídos sonaba casi áspero. Entre frase y frase se colaban palabras malsonantes que me parecían excesivas, innecesarias, incluso ofensivas. Para ellos era simplemente su forma natural de expresarse, algo cotidiano y sin mayor importancia. Sin embargo, yo no lograba hacerlo mío; todavía hoy hay matices que se me resisten… que, de algún modo, siguen sin sentarme bien.
En medio de todo aquello, me sentía ligeramente desplazada, como si no terminara de encajar en ningún lugar. No sabía muy bien dónde pertenecía.
Incluso mis primos me veían diferente… tal vez “rara”, distante, tímida —lo cual, en efecto, siempre he sido—, quizá incluso demasiado “estirada”, remilgada... 🥴 A veces daba la impresión de ser orgullosa, cuando en realidad solo era reserva, observación y cierta prudencia aprendida entre culturas.
Por eso, de manera casi paradójica, la idea de volver “a casa” no despertaba en mí entusiasmo alguno. El concepto de hogar parecía más complejo de lo que las palabras podían explicar.
Pero aún era menor de edad. Cuando mis padres tomaron la decisión de regresar, no tuve voz ni voto. Tuve que volver con ellos a España.
La vida, una vez más, cambiaba de escenario sin pedirme opinión.
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Aunque no sabía qué me depararía el futuro, la idea de cambiar de país me hacía cierta ilusión. Venía dispuesta a “comerme el mundo” con mis casi dieciocho años, convencida de que una nueva vida se abría ante mí.
Pero mi vida en España, poco después de llegar, fue como un jarro de agua fría. La realidad cayó sobre mí con la fuerza de un mazazo. Nada resultó como lo había imaginado, ni soñado, ni como lo había planeado. Aquella promesa de un nuevo comienzo terminó pareciéndose más a una amarga desilusión.
Adaptarme no fue fácil. Las circunstancias no me permitían marcharme a otro país, empezar de nuevo en otro lugar ni buscar mi propio espacio. Mi propia vida.
Durante mucho tiempo me sentí como si me estuviera marchitando por dentro, detenida en un lugar que nunca llegué a sentir verdaderamente como mío.
Pero esa es otra historia… una que reservo para mi autobiografía completa, cuando me decida a contarla sin filtros: una vida con más sinsabores que celebraciones, con frustraciones, rabias e impotencias que pocas veces verbalicé. Porque sí, aunque lo que relato ahora pueda parecer glamuroso o emocionante, pertenece a la etapa juvenil: la ignorancia, la inocencia, la ingenuidad que aún protege.
Mi vida adulta en España… eso es harina de otro costal.
Pero, por ahora, prefiero seguir con lo colorido 💛💚💙🧡, con los pocos destellos que tiñeron mi historia de luz. Y si el color no estaba, lo pinté yo. Porque, como suele decirse, al mal tiempo, buena cara 😁
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Los años fueron pasando. Sí, en España. Muchos. Más de los que me habría gustado. Y siguen...
Trabajé en empleos que, en su momento, quise creer importantes. En realidad —y de forma casi extraña— fueron simplemente lo poco que encontré, o lo poco para lo que me admitieron. Con el tiempo comprendí que no eran más que parches sobre una vida que nunca terminaba de arrancar.
Los sueldos eran modestos, casi simbólicos. Pero cuando la necesidad aprieta, una se aferra a lo que haya, incluso a un clavo ardiendo.
Trabajé sobre todo como profesora de inglés en academias, y descubrí que aquella profesión no me disgustaba en absoluto; incluso llegué a disfrutarla. También ejercí como secretaria bilingüe para extranjeros que estaban de paso, y en su momento me encantó trabajar con ellos. Me sentía útil, valorada, comprendida.
Pero siempre eran contratos temporales. Siempre sustituyendo a alguien. Siempre empezando de nuevo. Nunca un puesto fijo, nunca esa estabilidad que permite respirar sin miedo al mes siguiente. Vivía en una repetición constante, como correr en una cinta que no avanza, esforzándome sin llegar realmente a ningún lugar.
Y, curiosamente, casi siempre eran extranjeros quienes me ofrecían una oportunidad. Como si mi sitio natural estuviera siempre un poco fuera, nunca del todo dentro.
Nunca entendí por qué ninguna empresa española —ningún jefe español— me brindaba esa misma confianza. ¿Qué buscaban? ¿Qué exigían? ¿Experiencia? Pero si nadie te da la oportunidad de adquirirla, ¿cómo se supone que vas a conseguirla?
En mi última etapa laboral volví, una vez más, al mismo punto de partida: profesora de inglés en una academia. Naturalmente, el inglés regresando a mí como un hilo conductor, como si nunca hubiera dejado de acompañarme. Ese idioma soy yo. Forma parte de mi identidad más profunda.
En aquella academia trabajé durante diez largos cursos… ¿o fueron once? A veces pierdo la cuenta. Los contratos eran siempre por curso académico, así que cada año había que firmar uno nuevo. Cada octubre volvía a empezar, como si se tratara de una historia distinta, aunque en el fondo fuera siempre la misma.
Nunca terminé de adaptarme al ritmo en que funcionan las cosas en España; por ejemplo, eso de que el curso escolar comience cuando el año natural ya ha superado su ecuador: de septiembre a junio. Aunque, 🤔pensándolo bien, quizá no sea algo exclusivamente español, sino propio del hemisferio norte.
Y así transcurrieron casi once cursos… ¿o fueron once años? Fue, sin duda, la etapa laboral más larga de mi vida. Con fecha de inicio y fecha de caducidad. Siempre provisional. Siempre pendiente de una nueva firma. Como si nunca terminara de pertenecer del todo, como si mi estabilidad dependiera cada año de un hilo invisible.
Entonces llegó la pandemia… y el mundo entero se detuvo...
Y a partir de ahí, ... también mi vida.
🌍🌎
Cuando el mundo empezó a espabilar de nuevo, yo ya tenía 61 años. ¿Quién iba a querer darme empleo entonces?
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Mi futuro se volvió gris de repente, como si alguien hubiera bajado la persiana sin avisar. Y, sin embargo, por dentro no me sentía acabada. Me sentía joven. Sabía que aún tenía mucho que ofrecer, mucho que aprender, mucho que dar.
Pero me sentía encerrada en una celda invisible. Sin salida. Sin horizonte. Atrapada en un país en el que nunca terminé de encajar del todo. Era una sensación contradictoria: estar en “mi” tierra y, al mismo tiempo, sentirla ajena. Como si hubiera vivido siempre entre fronteras… y, sin embargo, esta fuera la única de la que no sabía huir. Las circunstancias me retenían, invisibles pero firmes.
Y fue en ese silencio forzado cuando algo inesperado comenzó a gestarse.
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Durante mis últimos años laborales, mientras trabajaba en la última academia, volví a encontrarme con las Barbies. Esta vez no como juguetes infantiles, sino como piezas de colección. Con mi modesto sueldo me permití comprar alguna. Al principio las coloqué en una repisa. Poco a poco fui adquiriendo más. Les ponía nombres para distinguirlas. Allí estaban, en fila, elegantes, muchas vestidas de negro, como si asistieran a un cóctel sofisticado y silencioso.
Un día, navegando por internet casi por casualidad, descubrí unos muñecos de acción de la colección World Peacekeepers. Y enseguida recordé a mi antiguo y querido Action Jackson. Pero lo más interesante era que estos nuevos muñecos tenían el mismo tamaño que las Barbies. Además, ya no eran todos iguales con distinto uniforme, como antiguamente: ahora tenían rostros diferentes, expresiones propias, colores de pelo variados. Eran individuos, no simples moldes repetidos.
Y lo mismo ocurría con las Barbies. Había pelirrojas, rubias, morenas, negras, mulatas, blancas… cada una con un rostro distinto. Ya no era la misma figura cambiando de ropa; eran identidades diversas. Eso me pareció lo más importante: ahora sí representaban personas diferentes. ¡Y todos eran articulados!
Por pura curiosidad —y para comprobar cómo eran en realidad— pedí uno de esos "valientes soldaditos". 😉
Cuando llegó, pensé: “¡Guau… es perfecto!”. Imaginaba a mis Barbies volviéndose locas por él 😂. Pero uno solo para todas resultaba casi cruel… pobre hombre. De todos modos, lo coloqué rodeado de ellas, como si fuera un James Bond moderno. Poco después compré otro, para que no estuviera solo y pudiera “compartir protagonismo” 🤣. ¡Qué haría un gallo entre tantas gallinas!
Y entonces ocurrió algo inesperado: volvió mi vena creadora, esa que había quedado en pausa desde la adolescencia. Empecé a inventarles profesiones, nombres, familias, pasados complejos, nacionalidades distintas. Les construí biografías completas, conflictos, relaciones, traiciones, romances. Eran personajes reales habitando cuerpos de plástico.
Y aunque pueda sonar extraño, al mirarlos a la cara, ellos mismos parecen susurrarme un nombre que encaje, una profesión, incluso rasgos de su personalidad. Sí, sí… aunque suene raro 😂.
Esta vez, además, pude hacer lo que de niña no había podido: fotografiarlos. Con mi móvil creé pequeñas escenas, casi como cómics improvisados. Sin darme cuenta, estaba redescubriendo mi fuente de inspiración.
Sin apenas percatarme, aquello se convirtió en un pequeño vicio. Siempre había espacio para una adquisición más: una Barbie nueva, un muñeco de acción, algún conjunto distinto… incluso algún Ken, aunque jamás terminaron de parecerme lo bastante varoniles.😁
Siempre me decía a mí misma:
—Vale, con estos ya son suficientes para crear historias.
Pero la colección crecía… y crecía. Hasta el punto de que ya casi no caben en casa. 😅
Que conste que, para empezar, no es una casa muy grande. Vivo en uno de esos mini-apartamentos tipo “todo-en-uno” en un ático, junto a mi marido… ¡y a todos esos chicos! ¡Todos apretujaditos en 38 metros cuadrados!
Así que, naturalmente, surge la pregunta…
¿Debería echar a mi marido?
Aunque, para ser completamente justa, debo confesar algo: en realidad, el apartamento era su piso de soltero… el que yo invadí con bastante audacia.
No fue exactamente una invasión formal… más bien una ocupación estratégica. 😄
No es muy elegante por mi parte, lo reconozco.
Pero, sinceramente… ¡sobrevivimos! Y eso, en 38 metros cuadrados, ya es todo un logro.
De todos modos… ¡a quién le importa! 🤣
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Hoy tengo una “gran familia” de personajes y una fuente inagotable de inspiración. Esa es mi familia elegida: la que construyo con palabras, escenas e imaginación.
En cambio, nunca me sentí preparada para formar una familia propia en el sentido tradicional, ni para tener hijos. Nunca experimenté esa llamada interior que muchos describen como instinto maternal. Quizá las circunstancias de mi vida tuvieron mucho que ver con ello.
Siempre imaginé una vida independiente: tener mi propio espacio, mi propio ritmo, mi propio silencio, sin tener que justificarme ante nadie. Por supuesto, nunca descarté compartir esa vida si algún día aparecía el amor verdadero… mi alma gemela. Pero, hasta ahora, ese capítulo aún no se ha escrito. Si así hubiera sido, probablemente ni siquiera estaría casada —a menos que apareciera el señor adecuado. 😁 Entonces sí, habría sido por amor verdadero.
Pero cuando ves la vida pasar delante de ti sin grandes logros, cuando en la treintena tardía empiezan a considerarte “demasiado mayor” y, aparentemente, con poca experiencia… una puede llegar a desesperarse. Yo ya estaba cansada de no alcanzar mis objetivos, especialmente en lo económico, y de comprobar cómo, con los años, las oportunidades parecían reducirse cada vez más.
Además, seguía viviendo con mis padres. Había normas y reglas —sobre todo por parte de mi madre; mi padre era más tolerante—, pero llega un momento en que necesitas tu propio espacio. Y cuando la situación económica no te permite independizarte —que siempre fue mi mayor deseo— la frustración se vuelve cada vez más difícil de soportar.
Lo que realmente quería era salir de ese entorno y empezar, por fin, a vivir por mi cuenta. Llámenlo desesperación —sí, probablemente esa sea la palabra más exacta—. Y, en algún punto de ese proceso, incluso llegué a confundir la desesperación con el amor.
Cuando apareció la oportunidad, la tomé. No porque fuera el sueño que había imaginado, sino porque parecía una posible salida… quizá la única que alcanzaba a ver en aquel momento.
Sí, me casé —pero no fue una decisión romántica. Fue, sencillamente, un paso tomado en un momento de gran necesidad personal: una forma de abrirme camino y comenzar a construir cierta independencia. Así que, técnicamente, puedo decir que estoy casada. Simplemente eso. ¿Felizmente casada? Esa sería otra historia.
A veces me pregunto si fue solo lo que el destino tenía disponible en aquel preciso momento de desesperación. 🙄 ¿O acaso estaba destinado? Dios mío… ¿y si lo manifesté yo misma sin darme cuenta? ¡Oh, no…!
Aun así, debo admitir que, imperfecta como pueda ser la situación, al menos me dejó en una posición algo mejor que seguir viviendo con mis padres. Tal vez no soy económicamente independiente, pero sí lo soy en muchos otros aspectos. Al menos puedo ser yo misma.
Afortunadamente, a mi marido también parece gustarle mi “familia de plástico”. Y, si somos completamente sinceros… técnicamente también son “sus hijos”. 😂 Al fin y al cabo, “nacieron” mucho después de que ya estuviéramos casados.
Aun así, la independencia real —en todos los sentidos de la palabra— sigue siendo mi sueño más íntimo. Un anhelo que me acompaña desde la adolescencia: ganar lo suficiente para tener mi propio espacio, mi libertad y la tranquila seguridad de sostenerme firmemente sobre mis propios pies.
Si algún día eso llega a ocurrir… bueno, entonces quizá cambie mi estado civil.
Eso sí, amistosamente, por supuesto.
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Y ahora, volviendo a mis héroes…
Empecé escribiendo relatos cortos sobre ellos —pequeños retratos biográficos, casi íntimos—, nacidos simplemente de la necesidad de darles vida, más que de cualquier deseo de reconocimiento. Un día, alguien —creo que fue uno de mis hermanos, que había leído algunos de aquellos relatos— me dijo:
—Podrías publicarlos.
Y en ese instante… se me encendió una bombillita. 💡🤭
Para ser sincera, me parecían demasiado cortos, demasiado sencillos como para convertirse en un libro. Pero después de la pandemia —que me dejó sin trabajo— decidí ampliar una de aquellas historias. Investigué cómo publicar un libro y finalmente lo hice a través de una editorial en Gijón, pagando el servicio, claro.
Mi primera novela, Gabriela, es breve —apenas ochenta y cinco páginas—, pero está llena de amor y de pasión. Más tarde supe que cuando uno paga a una editorial para publicar su obra, eso se llama auto publicación.
Con el tiempo fui perfeccionando el proceso. Ahora publico mis novelas directamente en Amazon, sin intermediarios. Aprendí a maquetarlas y prepararlas yo misma. Tengo cinco en español y sus cinco versiones en inglés. Como soy bilingüe, yo misma las reescribo en inglés —no como una traducción literal, sino como una adaptación natural— procurando conservar la esencia y el alma de cada historia en ambos idiomas.
Sin embargo, como no tengo muchos seguidores ni una presencia activa en las redes sociales —ese mundo todavía me resulta algo ajeno, aunque me encantaría dominar la tecnología con más soltura— y además carezco de conocimientos de marketing, mis novelas tienen poca visibilidad. Y lo que no se ve… rara vez se vende.
Y ahí están.
Existiendo.
Esperando.
… ¿Quizá un milagro? 😁
Ahora estoy aprendiendo cómo presentar mis manuscritos a editoriales tradicionales, aquellas que se encargan de todo el proceso y asumen la inversión. Sé que pueden rechazarlos. Sé que el camino es difícil. Pero también sé que a muchos grandes escritores les ocurrió lo mismo cuando eran noveles.
Y, después de todo, llevo escribiendo historias desde que sentaba muñecas en fila y les dictaba palabras invisibles. Quizá esta vez alguien escuche lo que siempre estuvo ahí.
Me apasiona lo que hago. Crear personajes no es solo un pasatiempo para mí; es una forma de respirar. Cuando escribo, no estoy sola: vivo con ellos.
Río cuando se enamoran, lloro de emoción con sus logros, me indigno con sus errores y me conmuevo con sus redenciones. Siento sus dudas como si fueran mías y celebro sus victorias con una intensidad que, a veces, me sorprende.
Si me vierais, seguramente os reiríais: hay momentos en los que necesito una caja de pañuelos cerca. 😂 No os riáis… ¡es que lo vivo de verdad!
Sí, lo sé, puede parecer ridículo, incluso una locura. Pero quizá en esta vida hace falta un poco de esa locura para poder sobrellevarla mejor. 😊
Aunque la mía es una locura luminosa, creativa, salvadora.
Y, después de tantos años sintiéndome desplazada de un lugar a otro, escribir es el único espacio donde todo encaja.
Quizá por eso siempre vuelvo a aquella niña que sentaba muñecas en fila y les dictaba historias invisibles. Aquella adolescente que soñaba con pasarelas imposibles y soldados heroicos. Aquella joven que no sabía aún que las palabras serían su verdadera patria.
El destino siempre sabe cuál es el momento perfecto para cada cosa.
Tenía que ser ahora. Ahora que existe internet. Ahora que llevo una cámara en el móvil. Ahora que el mundo cabe en una pantalla y publicar ya no es un sueño inalcanzable.
Tenía que ser ahora, cuando la niña que no tenía cámara ni recursos por fin tiene herramientas. Cuando aquella adolescente que imaginaba escenarios imposibles puede crearlos con palabras.
Quizá no fue tarde. Quizá fue exactamente a tiempo.
Porque los sueños verdaderos no caducan: esperan.
Y el mío esperó hasta que el mundo estuvo preparado… y hasta que yo también lo estuve.
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Ahora déjenme contarles un poco sobre los mundos que creo.
Mis novelas son, en esencia, historias de amor… pero nunca son solo eso. Respiran acción, intriga, suspense… y, a veces, incluso una muerte o dos. 😁 La vida de mis personajes determina el tono: sus profesiones, los riesgos que asumen, las decisiones que toman. Y, sin embargo, bajo todo ello siempre late una constante: el amor. Un amor predestinado. Almas gemelas que vuelven a encontrarse. Conexiones que parecen más antiguas que el instante en que se conocen, como si su historia ya hubiera sido escrita en algún lugar del silencio anterior a su primera mirada.
A veces, también se desliza un toque de lo sobrenatural en la narración —no como espectáculo, sino como atmósfera—. Como si el destino susurrara entre las páginas.
En mi última novela publicada en Amazon, Alma Desgarrada, reuní muchos de los elementos que definen mi manera de narrar: intriga, misterio, emoción intensa… incluso algún asesinato en el camino. Pero, en esta historia, lo sobrenatural tiene un papel especial: no como espectáculo, sino como un hilo invisible que recorre la trama, susurrando a los personajes y moldeando su destino. Y, aun así, por encima de todo, permanece aquello que siempre late en mis historias: el amor. Un amor apasionado que, al final, encuentra la manera de imponerse.
Es, hasta ahora, la obra con la que he querido dar un paso más allá: más intensa, más profesional en su construcción narrativa y, quizá, la que logra despertar de manera más inmediata emociones en el lector.
En mis primeras novelas quizá pueda percibirse cierta inexperiencia en los capítulos iniciales —una especie de tanteo o búsqueda—, pero pronto las historias encuentran su pulso. Se aceleran, se profundizan y se despliegan con pasión, suspense y emoción auténtica.
Y ahí sigo, avanzando en este camino de la escritura, perfeccionando mi técnica poco a poco, paso a paso.
Mis protagonistas suelen ser norteamericanos, procedentes de los distintos estados, aunque también incluyo personajes de otras nacionalidades y orígenes: ingleses, italianos, franceses, filipinos, chinos, japoneses… Algunos son anglosajones, con raíces lejanas en otros países —polacas, alemanas, irlandesas o chinas—, algo que a veces se refleja en sus apellidos. Es, sencillamente, lo que surge del corazón, del alma.
Debo deciros que no suelo incluir protagonistas españoles, simplemente porque no me surge de manera natural. Pido disculpas si esto decepciona a alguien —a los españoles e hispanohablantes—, no es algo consciente ni excluyente.
Aunque, de vez en cuando, puede aparecer algún personaje secundario español o hispanohablante, cuando la historia lo requiere.
Hay, sin embargo, un detalle que casi siempre permanece: mis novelas comienzan o terminan en la ciudad de Nueva York. Aunque el viaje arranque en otro lugar —en otro país, en otro estado… o incluso en otra vida—, la historia siempre parece encontrar su camino de regreso. A esa ciudad vibrante de movimiento y reinvención, de contrastes y posibilidades infinitas, que se siente como un cruce secreto de destinos, un lugar donde las vidas se entrelazan y los caminos se encuentran de manera inesperada.
Y quizá te preguntes… ¿Por qué Nueva York? ¿Y por qué Estados Unidos?
Esa es otra larga historia… y, para ser sincera, algo así como un misterio personal.
Ya conoces mi recorrido: Brasil, Sudáfrica, España… Y sí, mi corazón guarda un cariño muy especial por Sudáfrica —el país que moldeó mi lengua y parte de mi identidad—. Sin embargo, de una manera que no consigo explicar del todo, siento una conexión profunda con Estados Unidos. No me preguntéis por qué —realmente no lo sé.
Lo que lo hace aún más intrigante es que no tengo vínculos evidentes con el país: no hay familia, no hay raíces, nada que lógicamente justifique este lazo. Ni siquiera he tenido la oportunidad de visitarlo. Y, sin embargo… esa sensación siempre ha estado ahí.
Desde que tengo memoria —ya en mis primeros años en Sudáfrica— esa conexión silenciosa existía. Y no se formó por películas ni televisión, como alguien podría suponer… aunque, quizás, incluso ellas pudieron haber influido de algún modo: al ver tantas veces calles y edificios en la pantalla, sentía como si ya los conociera de verdad. Es algo interno, instintivo… un misterio que no consigo desentrañar… a menos que, tal vez, en otra vida haya pertenecido allí. 🤔
Y, curiosamente… me duele cuando escucho palabras negativas sobre Estados Unidos. Sé que, como cualquier nación, tiene sus complejidades y sus imperfecciones, pero hay algo en él que me conmueve hasta lo más profundo, una sensación que no se explica con la razón, sino que se siente en el corazón.
Incluso el himno nacional —The Star-Spangled Banner— tiene un efecto poderoso sobre mí. Cuando lo escucho, mi mano va instintivamente al corazón y mis ojos se llenan de lágrimas de emoción. Y lo que resulta más sorprendente: lo sé de memoria. Esto no me ocurre con ningún otro himno. Es un sentimiento que desafía la lógica y la explicación.
Creo que podría ser feliz en cualquier lugar de Estados Unidos, incluso en un pequeño pueblo, aunque soy, sin duda, una persona de ciudad —una chica urbana de corazón—. Y si tuviera que elegir, sin duda sería Nueva York.
Siempre Nueva York.
Por eso mis novelas terminan tan a menudo en la Gran Manzana. Es la ciudad que, de una manera sutil pero profunda, refleja mejor mi esencia: su energía, su diversidad, su intensidad, sus sueños. Nueva York se siente como movimiento, ambición, reinvención… como la propia posibilidad.
Y quizá por eso mis historias regresan allí una y otra vez.
Porque algunos lugares no son simplemente geografía.
Son ecos.
Y, a veces, cuando un lugar resuena dentro de ti durante décadas sin explicación… comienzas a sospechar que no es una coincidencia.
Comienzas a sospechar que es memoria.
💗💗💗
Y, por ahora, hemos llegado hasta aquí.
Toda historia necesita una pausa —un respiro antes de que comience el siguiente capítulo. Espero que hayan disfrutado este camino conmigo, compartiendo estas palabras, estas reflexiones, estos sueños. Y si en algún momento se sintieron aburridos, les pido mis más sinceras disculpas. Incluso los viajes del corazón tienen tramos de silencio. 😥
Con un poco de suerte —y tal vez un toque de destino—, esta historia continúa. Y cuando lo haga, espero que traiga consigo ese tipo de final feliz que tan a menudo aparece en mis novelas… porque yo sigo creyendo en ello. 😊
Gracias por acompañarme en este viaje. De verdad. Gracias por vuestro tiempo y vuestra atención. Vuestra presencia aquí significa más de lo que puedo expresar con palabras.
Os agradecería de corazón cualquier comentario o impresión.
Aquí os dejo el enlace a mi correo electrónico.
Un abrazo 🤗
Si les apetece, pueden conocer a mis personajes… uno por uno.
Les advierto que ellos están impacientes por saludarles, algunos incluso podrían intentar robarles el corazón 😁. Otros, en cambio, probablemente les miren con esa mezcla de misterio y descaro que los hace… irresistibles.
Aquí les dejo el enlace. ¡Atrévanse a entrar en su mundo!