Hola. Un brindis por todos ustedes...
Esta es mi "breve" historia de como todo comenzó...
Nací en un pueblecito escondido entre montañas verdes y nieblas suaves, en un rincón del norte de España llamado Sama de Langreo, en Asturias. Aunque, en realidad, debería haber nacido en Gijón, donde vivíamos. Gijón estaba a más de treinta kilómetros, pero en aquellos tiempos esa distancia parecía un mundo: carretera secundaria, curvas interminables, baches que hacían temblar los huesos.
Mi madre, obstinada y valiente, decidió visitar a mi abuela cuando ya estaba muy avanzada en el embarazo. Y si no le hubieran impedido regresar a casa aquel día, probablemente yo habría nacido en un autobús, entre traqueteos y sobresaltos. A veces pienso que ese comienzo accidentado ya marcaba el ritmo de mi vida: movimiento, cambio, viaje.
Tenía tres años cuando cruzamos el océano rumbo a Brasil, en el entonces célebre buque de pasajeros e inmigración Alberto Dodero. No conservo recuerdos nítidos del viaje, pero sí la sensación heredada de aventura, de esperanza suspendida en el aire salado del mar. Vivimos tres años en São Paulo, años que sembraron en mí la primera semilla de las palabras.
En Sao Paolo, en la Plaza Ramos de Açevedo
En una escursión a Nossa Senhora Apareçida, entonces aún en construcción (alla por 1963).
Fue allí donde mi padre me compró mi primer libro. Un abecedario en portugués brasileño, lleno de animales exóticos que para mí eran casi criaturas mágicas. Recuerdo la A de Anaconda, la T de Tapir, la O de Onça… nombres que sonaban como canciones extrañas y fascinantes. Aquel libro fue mi tesoro. Mi padre me enseñaba las letras señalándolas con paciencia infinita, como si me estuviera revelando un secreto antiguo.
Después llegó otro libro, pequeño y entrañable: Onde está o patinho? Ese lo conservo aún, como se guarda una reliquia. Con él aprendí a unir letras, a formar palabras, a descubrir que dentro de aquellos signos negros sobre el papel había mundos enteros. Mi primer idioma leído fue el portugués. Y aunque hoy no lo escriba, lo entiendo, lo leo y me hago entender. Permanece en mí como una melodía de infancia.
A los seis años recién cumplidos, volvimos a hacer las maletas. Esta vez el destino era Sudáfrica. Eran tiempos de emigración, de promesas de una vida mejor, de empezar de nuevo sin mapa.
Mi padre encontró trabajo con un italiano que terminó siendo mucho más que un jefe. Fue un amigo leal, casi un ángel guardián para nuestra familia. Gracias a él entré en mi primer colegio, en Orange Grove, Johannesburgo. Allí volví a empezar desde el principio: el abecedario, las sílabas, las primeras frases… pero ahora en inglés.
El inglés no fue solo un idioma aprendido; fue un idioma vivido. Lo respiré en el patio del colegio, lo escuché en las calles, lo incorporé a mis juegos, a mis pensamientos. Mientras tanto, en casa seguíamos hablando español. Mi padre me enseñaba a escribirlo con cuidado, como quien protege una herencia. Así crecí entre lenguas, como quien habita varias casas a la vez.
Aquel italiano generoso solía regalarnos cuentos y tebeos en su idioma “para los bambini”. Y sin darme cuenta, también el italiano fue encontrando su espacio en mi memoria. No lo escribo, apenas lo hablo, pero lo entiendo y lo siento cercano, familiar, como un primo lejano al que siempre reconoces.
Si tuviera que decir cuál es mi lengua materna, tal vez respondería que el inglés, aunque no lo sea en sentido estricto. Es el idioma que estudié, que soñé, que “mamé”, como se dice coloquialmente. Pero mi identidad está hecha de capas: español en el corazón del hogar, portugués en los primeros libros, italiano en los cuentos regalados, inglés en el mundo exterior.